Felizmente y para siempre – Padre Mariano de Blas, L.C.

Soy de Dios felizmente y para siempre. El que pueda decir y sentir esto, y que sea verdad, ya no necesita más, ha logrado el máximo anhelo, la cima más alta de la vida.

¡Quién pudiera decirlo, sentirlo y que fuera verdad!: Soy de Dios, pertenencia suya, nada mío, todo de Él, esclavo, siervo, hijo, consagrado”. Él lo sabe: Tu vida con todo lo más rico, más bello, más tuyo lo has puesto en sus manos; la máxima esclavitud, la más ardientemente y profundamente ejercida se convierte en la felicidad más grande. Los santos lo saben, lo empezaron a saber desde este mundo, desde que se despojaron de sus ricas ropas y se vistieron el sayal del siervo. “Mi Dios y mi todo” es una frase que decían en un suspiro de amor.

Pero tú quieres a veces, locura terrible, recuperar tus honores, dignidades, tus alhajas, porque piensas que perdiste demasiado en el trato con Dios. ¿Quién te ha engañado de ese modo, para romper el trato maravilloso que hiciste en la vida? Las buenas artes no deben destruirse; convéncete cada día más de que haber dejado todos los bártulos por una perla valió la pena. Enamórate de esa perla preciosa y desprecia cada día más las baratijas que por ella diste; que nadie te engañe, te convenza de que un vidrio roto de botella vale porque brilla.

Si tú también puedes decir: “Mi Dios y mi todo”, no necesitas de nada.